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sábado, agosto 13, 2022
ReligionParolin: Paz a la tierra congoleña asolada por la violencia y la explotación

Parolin: Paz a la tierra congoleña asolada por la violencia y la explotación

  • 1 mes ago
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Salvatore Cernuzio – Enviado a Kinshasa
"La codicia de materias primas, la sed de dinero y de poder cierran las puertas a la paz y representan un ataque al derecho a la vida y a la serenidad de las personas… ¡Paz a esta casa! Paz a la tierra congoleña: ¡vuelva a ser una casa de fraternidad!".
Un aplauso coral y el zaghroutah, el grito típico de las mujeres locales, surgen de la multitud de más de 100.000 fieles presentes en la explanada del Parlamento de Kinshasa, mientras el cardenal Pietro Parolin hace un enérgico llamamiento a favor de la República Democrática del Congo, amenazada desde hace años "por grupos armados" y por "la explotación y los intereses depredadores". En el mismo lugar donde Juan Pablo II celebró la misa en 1980 y 1985, el secretario de Estado preside la "Celebración eucarística por la paz y la reconciliación en la RD del Congo", como recuerda un enorme telón azul que sobresale en el escenario. En su segundo día en África, el cardenal abrazó idealmente a todo el pueblo en nombre del Papa – que no pudo venir – quien celebró esta mañana la misa en la Basílica de San Pedro con la comunidad congoleña en Roma.
Acogido por obispos y sacerdotes de Kinshasa y de las diócesis vecinas, con cantos, bateria, guitarra eléctrica, tambores y el baile emocionado de grupos de niñas vestidas de blanco para su Primera Comunión, el cardenal Parolin llegó al Palais du Peuple poco antes de las 10 de la mañana. En el exterior del edificio le esperaban el cardenal de Kinshasa, Fridolin Ambongo Besungu, y dos niños, Fred y Trésora, que leyeron una carta: "Bienvenido entre nosotros, Eminencia". A continuación, le entregan un ramo de flores que, por la emoción, cae al suelo y que el cardenal recoge repitiendo dos veces: Merci.
En el aire, no muy caluroso en esta época del año, el olor a incienso es fuerte, superando el olor a ceniza que impregna todo Kinshasa. Mientras tanto, el cielo es plomizo y detrás de la explanada, donde se vislumbran dos grandes edificios en construcción y donde sigue fluyendo lentamente el típico tráfico urbano de camiones amarillos y motos con cuatro personas encima, se levanta un manto de humedad y contaminación. Sin embargo, el ambiente está animado por los fieles, como siempre durante las ceremonias religiosas en estos lugares. "Demos la bienvenida al cardenal. Cantemos a nuestro Señor", grita un sacerdote desde el escenario, mientras un coro con túnicas blancas y amarillas entona canciones en francés y lenguas bantúes, moviendo las caderas y los brazos.
Parolin entra al final de una larga procesión, saludando a la multitud con una mano y sosteniendo un báculo de madera hecho a mano con la otra. Se detiene junto a unas mujeres en silla de ruedas que levantan las manos al cielo; luego, pasando junto a los dos grupos de niñas que bailan ininterrumpidamente, sube la escalinata. Una pausa ante la estatua de la Virgen María, y luego el comienzo de la misa.
"Paz, fraternidad, alegría", son las primeras palabras que el cardenal pronuncia en su homilía, todas en francés. "Son sueños", dice, "que deseamos abrazar", pero que "desgraciadamente vivimos de forma muy marginal en estos tiempos de inestabilidad y conflicto". "Son sobre todo las promesas del Reino de Dios que se cumplen, promesas que anhelamos internamente. Sí, sentimos en nuestro interior que hemos sido creados y que hemos venido al mundo para una paz que no sea sólo un breve intervalo entre guerras, para una fraternidad no ideal sino efectiva, para una alegría plena y desbordante". 
 
Frente a un pueblo herido por problemas como la ausencia total de trabajo, la contaminación y, en el este, por una violencia feroz, el cardenal instó a no ceder a la "desolación" y al "desánimo". "La tentación de hoy es rendirse ante la realidad, encerrarse en una resignación fatalista y quizás sin darse cuenta, huir de las propias responsabilidades, cayendo en una especie de victimismo, dejando a los demás la carga de arremangarse la camisa y el esfuerzo de reconstruir.
No, hay que actuar y hacerlo con la certeza de que "Dios está actuando". "Sí, Dios está actuando", repite el Secretario de Estado. Hay que dejar de lado la soledad, la tristeza, las incertidumbres y las decepciones, pues: "Dios nos llama a mirar al futuro: juntos, unidos, superando cualquier espíritu de parcialidad, cualquier división de grupo, de etnia, de grupo de pertenencia". Con Él, que "es padre y madre", continúa el cardenal, podemos "afrontar cualquier prueba, porque no está distante, sino que camina con nosotros". Sus pasos no hacen ruido, pero abren caminos. Dios, cada día que pasa no representa la enésima decepción, sino la reconciliación de su promesa de paz".
"Paix, paz", continúa el cardenal, dirigiendo su mirada al este del país, donde "la paz está continuamente amenazada por los grupos armados y por la explotación y los intereses depredadores, de los que el país ha sido víctima durante mucho tiempo". El ansia de materias primas, la sed de dinero y de poder cierran las puertas de la paz y representan un ataque al derecho a la vida y a la serenidad de las personas. Pero Jesús sigue enviándonos a nosotros, sus discípulos, para que repitamos las mismas palabras: ¡Paz a esta casa! Paz a la tierra congoleña: ¡que vuelva a ser una casa de fraternidad!". El cardenal invita a los cristianos – "la inmensa mayoría de la población"- y a todos los dirigentes a trabajar por la paz "en este gran país, bendecido por la belleza de la creación, pero sobre todo por la riqueza de las almas que lo pueblan".

En nombre del Papa – cuyo videomensaje de ayer para las poblaciones de la RD del Congo y de Sudán del Sur se proyectó en las maxipantallas antes de la celebración- el cardenal secretario de Estado dejó un mensaje de esperanza: "No se desanimen", aunque "las expectativas de bien les parezcan letra muerta". "Nuestros nombres – concluye – "ya están registrados en el cielo, somos hijos de la resurrección, ¡testigos de la esperanza!".
Al final de la celebración, las palabras del Primer Ministro Jean-Michel Sama Lukonde y el saludo del Cardenal Fridolin Ambongo, que pidió al Papa Francisco y a la Santa Sede ayuda para restablecer la paz en el este de la República Democrática del Congo. "Si no se consigue controlar a todos los grupos armados, la República Democrática del Congo se encamina a la mayor catástrofe humanitaria de nuestro tiempo. Por eso -dijo el arzobispo de Kinshasa- pedimos la intervención del Santo Padre Francisco por la paz en el Congo mediante el apoyo a la diplomacia de buena vecindad que dirige el Jefe de Estado Félix Tshisekedi".
 
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