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ReligionEl Salvador celebra el séptimo aniversario de beatificación de San Romero

El Salvador celebra el séptimo aniversario de beatificación de San Romero

  • 6 meses ago
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Vatican News 
En el séptimo aniversario de la beatificación de San Romero, el Cardenal Rosa Chávez y el postulador de la Causa de canonización, Mons. Rafael Urrutia, realizaron dos profundas reflexiones sobre este santo, modelo, ejemplo a seguir para todos los católicos, perseguido por defender a los más débiles. 
“A los jóvenes hay que ponerles a caminar”, esta frase, dice en su reflexión el cardenal, es la que el Papa Francisco dijo a los obispos salvadoreños cuando se reunieron con él. Y sobre este “caminar”, el purpurado recordó unas palabras de Mons. Romero, cuando se dirigió a las alumnas de último año de bachillerato de un colegio católico y les dijo:
“Que para unos él era ‘un monstruo de maldad, el culpable de todos los males del país’, pero para el pueblo sencillo era ‘el pastor que camina con su pueblo’. La directora le comentó que las jovencitas quedaron contentas con ese encuentro, pero cuando contaron su experiencia en su casa, varios padres de familia sacaron a sus hijas de ese centro educativo porque había invitado a ‘ese obispo comunista’. Los jóvenes fueron los que más se entusiasmaron con el verdadero Monseñor Romero”.
El cardenal recordó en su reflexión la propuesta que les hizo el Papa a los obispos: hay que caminar.
“Vuelvo a las palabras que Francisco nos dijo a los obispos de El Salvador: A los jóvenes hay que ponerlos a caminar. Y también a toda la Iglesia. Esta Iglesia que somos nosotros y que el Vicario de Cristo desea verla en salida, en medio de la gente, caminando juntos. En sinodalidad”.
Este camino no es fácil, dijo el cardenal Rosa Chávez, porque caminar juntos “nos obliga a escuchar con un oído puesto en la Palabra de Dios y el otro oído en el pueblo. Nuestro país nos necesita así y tenemos que reconocer que nos está costando mucho. Porque, como dice el Papa Francisco, hay muchos seguidores de Caín, que mató a su hermano Abel, y hacen falta muchos hombres y mujeres que actúen como Abel”, dijo el purpurado.
Sin embargo, agregó el cardenal, solo caminando juntos y construyendo sobre la “roca firme que es Jesucristo, a quien confesamos como nuestro Dios y Señor, muerto y resucitado”, es que todos vivirán como hermanos, en paz:
“Que se haga realidad entre nosotros la promesa del Salvador: “Mi paz les dejo, mi paz les doy, no la doy como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se entristezca” Jn 14,27). Este fue el evangelio que Monseñor Romero proclamó y por el cual dio la vida sobre el altar de la capilla de la Divina Providencia. Nos hace bien traerlo a nuestro corazón en el séptimo aniversario de su beatificación”.
Mons. Urrutia, postulador de la causa de canonización de San Romero, recuerda en su reflexión que es necesario recordar su aniversario de beatificación, sobre todo luego de 27 años transcurridos, desde que se inició la preparación del proceso, en el 1988, por iniciativa del entonces arzobispo de San Salvador, Mons. Arturo Rivera Damas.
Mons. Urrutia, recuerda que el entonces arzobispo de San Salvador, reflexionó sobre el evento martirial de Monseñor Romero y, a su juicio, veía que confluían en él los dos elementos esenciales que constituyen la esencia del concepto del martirio cristiano: el testimonio público en favor de Cristo y la muerte voluntariamente aceptada para confirmar ese testimonio; por lo que, junto al Consejo Presbiteral, había determinado que era el momento de “introducir la causa de canonización de Monseñor Óscar Arnulfo Romero” por vía del martirio, señaló Mons. Urrutia.
Tras trazar el recorrido histórico por el cual el pueblo salvadoreño tuvo a su quinto Arzobispo, Mons. Oscar Romero, Mons. Urrutia hace también un análisis de la situación de la Iglesia salvadoreña en ese entonces, y la decisión de la Santa Sede de elegir a Mons. Romero, de quien el Vaticano tenía, afirma Mons. Urrutia, un dossier ampliamente positivo abonado por los últimos Nuncios Apostólicos en El Salvador:
“Roma “querría para San Salvador a un Obispo menos crítico contra el gobierno salvadoreño que Monseñor Rivera Damas”, querrían uno de los suyos, con la esperanza de poder controlar la politización del clero y reconducir a la Iglesia a su labor espiritual. Para el clero de San Salvador, Monseñor Romero era un conservador muy obediente a las directrices del Vaticano, quien siendo Obispo Auxiliar de San Salvador no se integró a la pastoral diocesana y conflictuó seriamente con los Padres Jesuitas del Colegio Externado y manejo el Periódico Orientación a su manera, sin sentir en aquel momento con la Iglesia Arquidiocesana y poco conocedor de la realidad histórica de su pueblo. Así tomó posesión de la Arquidiócesis el 22 de febrero de 1977 en la Parroquia San José de la Montaña… El clero de San Salvador conocía poco de la prueba pastoral que Romero había dado en Santiago de María y mostró así su descontento”.
Mons. Urrutia conoció a Monseñor Romero desde sus primeros años de sacerdocio, y es testigo que el santo prelado mantuvo vivo su ministerio, dándole primacía absoluta a una nutrida vida espiritual, la que nunca descuidó a causa de sus diversas actividades, afirma Mons. Urrutia,  manteniendo siempre una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor  a través de la liturgia, la oración personal, el tenor de vida y la práctica de las virtudes cristianas, así quiso configurarse con Cristo Cabeza y Pastor participando de su misma  “caridad pastoral” desde su donación de sí a Dios y a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen, hasta dar su vida por la grey, señaló.
Monseñor Romero desde su fe aprendió a obedecer, como Cristo, en el sufrimiento, pues desde su juventud había educado su alma para hacer de sí mismo una entrega libre y amorosa a Dios, señala más adelante Mons. Urrutia, así, aprendió a vivir como quien muere cada día de amor, hasta morir de verdad, ayudando a vivir a los demás. Nunca le fue fácil ni cómodo ser Arzobispo de San Salvador. Desde su nombramiento le resultó tremendamente difícil y heroico, dijo Mons. Urrutia:

“Fue la Palabra de Dios la que inspiró la imitación de Cristo en su vida y lo convirtió en “signo de contradicción”, el hombre crucificado que supo saborear en el gozo del Espíritu la fecundidad de la cruz. La cruz de la búsqueda de nuevos caminos a partir del martirio del Padre Rutilio Grande y de la búsqueda de nuevas iniciativas pastorales. La cruz de no ser comprendido por los que le rodeaban. La cruz de la impotencia ante el sufrimiento y la explotación de los pobres, de los obreros y de los campesinos. La cruz de no saber comprender plenamente a los demás. La cruz de tener que estar siempre disponible para escuchar a los demás, para aprender, para empezar todos los días de nuevo”.
Por último, Mons. Urrutia se pregunta si Además de su fe y su docilidad del corazón, qué había en el fundamento de la vida de Monseñor Romero, y responde, que, en su humilde reflexión, pudo encontrar en él:
“La experiencia de una vida familiar en medio de la pobreza…  Una vida de piedad junto a su madre, el amor desde niño a Jesús Sacramentado y a la Virgen María, más tarde siendo estudiante desde Roma su devoción al Papa, y luego ya de Arzobispo su devoción al Sagrado Corazón de Jesús a quien se consagraba cada mes. Pero hay algo que me llama la atención porque a ser fiel, lo aprendió de Jesús desde luego, pero fue siendo estudiante en Roma cuando aprendió a ser fiel a la Iglesia desde su formación, fue formado para ser fiel a la Iglesia. Sus años en Roma como estudiante (1937-1943) son fundamentales en su formación sacerdotal, marcaron profundamente al futuro Arzobispo de San Salvador”.
 
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