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Cuando Emilia Pardo Bazán entró en el Ateneo

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Cuando Emilia Pardo Bazán entró en el Ateneo
Retrato de Emilia Pardo Bazán en el Ateneo de Madrid, por Joaquín Vaamonde, 1897. Casa-museo Emilia Pardo Bazán.

Una de las mujeres que más reivindicó la lucha por la igualdad de derechos para las mujeres fue Emilia Pardo Bazán. Si bien esta escritora nunca consiguió ser admitida en la Real Academia Española, logró ser la primera mujer socia del Ateneo de Madrid. Y su papel en esta institución fue más allá de poseer el carné número 7 925.

El Ateneo científico, artístico y literario de Madrid

El Ateneo de Madrid, creado en 1835, tuvo una relevancia notable en la vida cultural de España durante el siglo XIX y principios del XX como foro de discusiones y plataforma de libre expresión de las ideas del momento.

Inicialmente, era un espacio reservado a los hombres. Solo a partir de 1882 comenzó a ser habitual la presencia de mujeres en veladas poéticas y musicales. Sin embargo, su participación en eventos más relevantes y, sobre todo, su admisión como socias se hizo esperar.

Emilia Pardo Bazán, conferenciante

En 1887, Emilia Pardo Bazán se convirtió en la primera mujer que ocupó la tribuna del Ateneo de Madrid para impartir una conferencia, lo que provocó una gran expectación mediática. Así informaba El Día (14/4/1887) de este acontecimiento:

Era anoche la primera vez que una dama subía á la cátedra del Ateneo, la corporación más docta de todas las de Madrid, á leer un trabajo suyo original, en prosa, y no trabajo de imaginación como son de ordinario los de las hoy no muy numerosas damas que entre nosotros cultivan la literatura, sino un estudio acerca de Rusia y su novela.

Esta fue la primera vez de la escritora coruñesa como conferenciante en el Ateneo, pero no la última. De hecho, las conferencias de Pardo Bazán constituyen un hito en la historia de esta institución y en la trayectoria profesional de la gallega, que se convirtió así en una mujer con autoridad intelectual para sus colegas masculinos, pero también en una escritora de moda.

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Retrato de Emilia Pardo Bazán.
Casa Museo de Emilia Pardo Bazán / Wikimedia Commons

En 1892 empezó discutirse si era o no pertinente el acceso de las mujeres como socias al Ateneo. Esta polémica se planteó poco después de la “cuestión académica” suscitada por la posibilidad de que Emilia Pardo Bazán fuera admitida como miembro de la Real Academia Española, algo que, a pesar de los intentos de la escritora, nunca sucedió.

En La Correspondencia de España (9/4/1892), podemos leer lo siguiente:

Uno de los asuntos que están actualmente debatiéndose en el sexo femenino de esta corte es la siguiente: ¿Por qué, si las mujeres demuestran tanto interés por las conferencias del Ateneo de Madrid, no han de ser admitidas como socias en este centro? A muchas hemos oído quejarse de esta prohibición, que equivale a cerrarles las puertas a los medios de ilustración.

El debate subió de tono con un artículo de Mariano de Cavia en el que el periodista, en un tono particularmente ofensivo, se mostraba contrario a la posibilidad de que las mujeres se convirtieran en miembros del Ateneo de pleno derecho. El siguiente fragmento rescata algunas frases del mencionado periodista que caldearon (y mucho) el ambiente:

“Era lo que faltaba al Ateneo: convertirse en Atenea”, “quiero, amo y adoro a la mujer, pero… lejos del Ateneo”; y arremetía contra las marisabidillas: “con la señora de Pérez Adefesio a la cabeza, y la de Casa-Pelma a retaguardia, y aunque Metonimia Gómez, la musa de Villacargante, me abrume bajo el peso de este apóstrofe culti-cursi-helénico: -¡Misógino!”; temiendo que “una vez dentro del Ateneo, no se darán las invasoras por contentas, y sabe Dios -¡el Dios de los marimachos!- en qué nuevos charcos se nos querrán meter.

Socia, por fin

Finalmente, el 9 de febrero de 1905, Emilia Pardo Bazán se convirtió en la primera socia del Ateneo. El periódico conservador La Época (15/2/1905) se hizo eco de la noticia en estos términos:

El Ateneo de Madrid ha tenido el buen acuerdo de nombrar socia de número á D. ª Emilia Pardo Bazán. […] La inteligencia no tiene sexo, y la de la señora Pardo Bazán es de aquellas que no sólo honran á la Corporación que le abre sus puertas, sino al país entero, que la mira como uno de sus más insignes hijos.

Quién sabe si el acto realizado por el Ateneo, que hasta ahora no había inscripto en la lista de sus socios el nombre de mujer alguna, servirá de precedente –aquí donde los precedentes tienen tanta importancia– para que otras Corporaciones, imbuídas tal vez por un criterio antifeminista, opuesto al carácter de nuestro tiempo, no se obstinen en negar á la gran escritora un puesto á que le dan derecho su talento, su vastísima cultura, su asombrosa labor…

¿Que sería excepcional y extraordinario, verbigracia, la entrada de D. ª Emilia en la Academia Española? Es verdad; pero excepcional y extraordinario es el mérito de la señora Pardo Bazán. No hay peligro de que otras damas soliciten el ingreso en la Academia. Su entrada no justificaría otras análogas pretensiones femeninas… Pardo Bazán no hay más que una.

Este artículo acertó en una cosa, pero se equivocó en otra. La mayor de las reticencias que se hubo de vencer para que se permitiera la entrada de mujeres en el Ateneo fue, efectivamente, que no había precedentes, y sobre ello comentará la propia Emilia Pardo Bazán: “Cuando no se ha hecho nunca una cosa, es en España axiomático que nunca se ha de hacer”. Y añade: “El progreso reclama todo lo contrario: hacer lo que antes no se hizo, para mejorar”.

El error estuvo en pensar que tras ella no pedirían paso otras mujeres. Obviamente, después de la brecha abierta por Pardo Bazán en el Ateneo, otras dos solicitaron su ingreso como socias: Blanca de los Ríos, que también sufrió el rechazo de la Real Academia Española, y Carmen de Burgos, conocida como “Colombine”. Ambas entraron como socias en ese mismo 1905.

Emilia Pardo Bazán, presidenta de la sección de literatura

Ni Pardo Bazán ni sus amigos querían que la escritora fuese considerada una socia pasiva, de manera que, nada más recibir su carné, se iniciaron las gestiones para que ocupase un cargo representativo importante: presidenta de la sección de literatura. No era fácil, porque la escritora tenía tantos amigos como enemigos y porque, hasta los años veinte, no hubo mujeres en la dirección de las distintas secciones del Ateneo.

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Emilia Pardo Bazán en una lectura en el Ateneo.

En una carta fechada el 3 de noviembre, la escritora les pide a Blanca de los Ríos y a su marido, el conde de las Navas, que apoyen su candidatura y justifica su deseo tratando este hecho individual como una meta colectiva: “Me va a robar mucho tiempo si lo logro, pero ¿y la mujer? Este será un paso, una conquista”.

Lo cierto es que Pardo Bazán fue rechazada en la primera votación. Cuando conoció el resultado, escribió otra vez a Blanca de los Ríos quitándole importancia a su derrota e interpretando los hechos con optimismo: “Yo creo que estamos, no de pésame, sino de enhorabuena, vuelva V. la vista atrás; recuerde que hace ocho meses era un problema que el Ateneo admitiese a la mujer como socia; mire V. el salto; esa nutrida votación, esa probabilidad de una elección segura en Junio… y sé que, como yo, se siente victoriosa”.

Elegida presidenta de la sección de literatura del Ateneo al segundo intento, desempeñó este cargo de 1906 a 1908.

Emilia Pardo Bazán, De bellum luce

Emilia Pardo Bazán adoptó el lema en latín De bellum luce (“a la luz de la batalla”). Este lema evolucionó a De bello lucem, que es como figura en la vajilla que se conserva en la Casa-Museo de la escritora. En palabras de Eva Acosta:

En la primera versión la luz provoca el combate; el afán de conocimiento, algo prohibido para la mujer de la época, es fuente segura de controversia. Cuando, más tarde, los términos se invierten, del conflicto brota la luz; de la lucha contra un entorno hostil nace el resplandor del arte. La luz y la batalla conforman, pues, un eje existencial con dos polos en apariencia antitéticos pero inseparables. El mejor símbolo de la condesa de Pardo Bazán.

The Conversation

Silvia Hurtado González does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.

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